La Tumba de la Aniquilación
La Tumba de la Aniquilación

La Tumba de la Aniquilación

Master: Pavel Morales

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La Tumba de la Aniquilación
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domingo 24 de septiembre del 2023

Puerto Nyanzaru

El 26 de Flamerule, el grupo se reunió en el castillo de Neverwinter. En un salón cercano a los dormitorios los esperaba Syndra Silvane, pero esta vez su presencia era distinta. Vestía ropajes púrpuras, una armadura cubría su torso y una máscara ocultaba casi todo su rostro, dejando ver únicamente sus ojos. Ya no había intento de disimulo… solo de ocultar lo inevitable. Bajo los perfumes elegantes se percibía algo más oscuro, más real: el tenue olor de una vida que se marchitaba lentamente bajo el peso de la maldición de la muerte. En la sala también se encontraba Lord Dagult Neverember, gobernante de Neverwinter, antiguo aventurero y figura clave en la política de la Costa de la Espada. Su porte imponía respeto; su mirada, cálculo. Un hombre que había caído del poder en Aguas Profundas, pero que ahora luchaba por consolidar su dominio, apoyando cualquier intento de devolver estabilidad a la región.

Sin rodeos, Syndra explicó que el tiempo se agotaba. A pesar de su estado, había preparado un poderoso conjuro de teletransportación. Se situó en el centro del salón, apoyándose apenas en su bastón, y comenzó a recitar palabras arcanas antiguas. La energía empezó a concentrarse a su alrededor, el aire vibró, la luz se distorsionó… runas brillantes se dibujaron en el suelo y ascendieron como fuego etéreo envolviendo al grupo. El espacio mismo pareció quebrarse, como si la realidad fuese una tela siendo rasgada. Y en un instante, todo desapareció.

Cuando la luz se disipó… estaban en otro mundo.

El calor húmedo golpeó sus rostros, el aire era espeso y cargado de vida. Ante ellos se extendía Puerto Nyanzaru, una ciudad vibrante, caótica y desbordante de color. Sus edificios de piedra y madera estaban pintados con tonos intensos, telas exóticas colgaban entre las calles, y el bullicio era constante. Mercaderes gritaban ofertas, músicos llenaban el aire de ritmos desconocidos y, entre todo eso, enormes dinosaurios caminaban tranquilamente entre la gente, algunos cargando mercancía, otros preparados para carreras. Era un lugar salvaje… pero lleno de vida.
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Allí, Syndra los presentó con Wakanga O’tamu, uno de los Príncipes Mercantes que gobernaban la ciudad. En Puerto Nyanzaru, el poder no recaía en un solo líder, sino en un consejo de estos príncipes, cada uno dominando un área distinta del comercio y la influencia. Wakanga, erudito y calmado, los recibió con interés genuino. Para él, la maldición no solo era una amenaza… sino una oportunidad de marcar un antes y un después en la historia de Chult. Les explicó que, gracias a poderosos rituales de adivinación, se había determinado que el origen de la maldición se encontraba en lo profundo de la jungla, en el corazón mismo de la península. No eran los únicos en saberlo. Aventureros, facciones y organizaciones enteras estaban llegando a la isla en busca de respuestas… y poder.

Wakanga fue claro: sin un guía, la jungla, el clima o las hordas de muertos vivientes que habían aparecido en la isla, devoraría al grupo antes de que encontraran algo, debían prepararse. Les recomendó buscar uno en la ciudad y les advirtió sobre las fuerzas que ya estaban operando en la región, como los Magos Rojos o los Zhentarim, organizaciones que movían sus propios intereses en las sombras. También les indicó que debían viajar a Puerto Beluarian para tratar con Liara Portyr, líder del Puño Ardiente, una fuerza militar mercenaria que controlaba el acceso legal a la jungla. Sin su autorización, cualquier expedición sería considerada ilegal… y peligrosa. El Puño Ardiente no era conocido por su compasión, sino por su disciplina y poder militar, y Liara era una comandante firme, respetada y temida.

Pero Puerto Nyanzaru no era solo peligro y política. También ofrecía distracciones: el coliseo donde guerreros luchaban por gloria y recompensas, y las famosas carreras de dinosaurios que recorrían las calles levantando vítores y apuestas. Sin embargo, Wakanga advirtió sobre otros príncipes como Jobal, cuyos intereses podían ser más turbios de lo que aparentaban.

Con la información en mente, el grupo decidió buscar alojamiento y comenzó a recorrer la ciudad hasta llegar a la taberna La Casa de Reposo de Kaya. El lugar ofrecía un respiro entre el caos exterior: comida caliente, voces tranquilas, una falsa sensación de seguridad. Por un momento, todo pareció calmarse.

Hasta que el llanto rompió el ambiente.

Una mujer, desesperada, suplicaba ayuda. Su hija había desaparecido en la jungla, siguiendo a unos dinosaurios bebés. Su voz estaba quebrada, sus manos temblaban… pero nadie se levantó. Nadie quiso involucrarse.

Excepto uno.

Badriel no dudó. No preguntó por recompensas, ni por riesgos. Simplemente se levantó y decidió actuar. Para él, no había elección. Solo deber.
Y como siempre…
los demás no tuvieron opción más que seguirlo.

Cansados y con ganas de descanso, el grupo abandonó la seguridad del puerto para internarse en la jungla de Chult. Porque cuando un paladín decide hacer lo correcto… detenerlo no es una opción.

Y esta vez, lo único que importaba…
era encontrar a la niña.
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domingo 22 de octubre del 2023

La Sombra de la Jungla

En la madrugada del 27 de Flamerule, el grupo dejó atrás las luces de Puerto Nyanzaru para adentrarse en la jungla de Chult, siguiendo el rastro de una niña perdida. La transición fue inmediata y brutal. La ciudad vibrante, llena de colores, música y dinosaurios domesticados, quedó atrás como un recuerdo lejano. Frente a ellos, solo había oscuridad, humedad y una naturaleza que no perdonaba errores. El aire era espeso, difícil de respirar; cada paso se sentía pesado, y cada sonido… sospechoso. La jungla no dormía.

Avanzaban con cautela, pero rápidamente comprendieron que el peligro no venía solo de una dirección. Criaturas prehistóricas se movían entre la vegetación, plantas que parecían tener vida propia reaccionaban a su presencia, y enjambres de insectos zumbaban como si custodiaran el territorio. En un momento, el suelo vibró bajo sus pies. Algo enorme se desplazaba cerca, rompiendo ramas y desplazando árboles con una fuerza imposible. El grupo contuvo la respiración. Gracias al sigilo de Khol y al soporte mágico de Torik y Melshif, lograron ocultar su presencia, permaneciendo inmóviles mientras la criatura pasaba… sin llegar a verlos. Fue un recordatorio claro: en Chult, no todo debía enfrentarse.

Pero no todos los peligros podían evitarse.
Desde hacía meses, la jungla había cambiado. La aparición de la maldición de la muerte no solo afectaba a los vivos… también había despertado a los muertos. Zonas enteras estaban infestadas de esqueletos y zombis, criaturas que no vagaban sin rumbo, sino que parecían moverse con un propósito inquietante. Sin un guía, el grupo se adentraba en territorio donde pocos sobrevivían.

Y entonces ocurrió. La horda emergió entre los árboles.
Primero fueron sombras… luego formas… y finalmente, cuerpos en descomposición avanzando sin descanso. Esqueletos armados con armas oxidadas, zombis que arrastraban sus extremidades con una persistencia antinatural. No eran lentos. No eran torpes.

Eran coordinados. El combate fue inmediato.
Badriel se adelantó, levantando su arma con decisión, interponiéndose entre la horda y sus compañeros. Cada golpe suyo era un acto de fe, una declaración de que no retrocedería. Khol se deslizaba entre los enemigos, atacando puntos débiles, desarmando esqueletos y desapareciendo antes de ser alcanzado. Melshif, con su música, sostenía el ánimo del grupo, su voz elevándose por sobre los gruñidos de los muertos, manteniendo viva la chispa de la esperanza.

Pero fue Torik quien cambió el curso del combate. El enano alzó su símbolo sagrado, invocando el poder de Chauntea. Su voz resonó con fuerza, firme, inquebrantable. Una luz cálida emergió de él, expandiéndose como una ola que golpeó a los muertos vivientes. Muchos retrocedieron, otros simplemente se desmoronaron ante la energía divina. No era solo magia… era rechazo. Era la vida misma imponiéndose sobre la muerte.

Aun así, no fue fácil. La horda seguía avanzando.
Cada enemigo que caía parecía abrir paso a otro. El cansancio se acumulaba, los golpes comenzaban a pesar, y por un momento… pareció que no lo lograrían.
Pero resistieron.

Porque no estaban luchando por gloria.

Estaban luchando por alguien.
Y finalmente, tras un último esfuerzo, el silencio regresó a la jungla.
Habían sobrevivido.
Y no mucho después… la encontraron.
La niña, asustada pero con vida, se encontraba oculta entre la vegetación, aferrándose a lo poco que le quedaba de valentía. Habían pasado un día completo buscándola. Un día entero enfrentando lo peor que Chult tenía para ofrecer.

Al anochecer, el grupo emprendió el regreso.
Cuando finalmente cruzaron nuevamente las puertas de Puerto Nyanzaru, el contraste fue abrumador. Las antorchas iluminaban las calles, los colores regresaban, los dinosaurios transitaban entre la gente como si nada de lo ocurrido existiera. La vida seguía… ajena al peligro que se escondía más allá de sus muros.

La madre de la niña los recibió entre lágrimas, agradecida, pero sin nada que ofrecer más que su gratitud. Era una mujer humilde. No había oro, ni recompensas, ni promesas.

Pero para Badriel… eso nunca fue necesario.
Aquella noche, mientras la ciudad celebraba su rutina habitual, el grupo comprendió una verdad ineludible: Chult no era un lugar para improvisar. La jungla no perdonaba errores.

Y si querían sobrevivir a lo que venía…
necesitaban prepararse.
Un guía ya no era una opción.
Era una necesidad.
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domingo 21 de enero del 2024

Oro, Guías y Juramentos en la Jungla

La mañana del 28 de Flamerule comenzó con una energía distinta en Puerto Nyanzaru. Tras los horrores vividos en la jungla, el grupo decidió, por primera vez, disfrutar de la vida que ofrecía la ciudad. Entre risas, apuestas y discusiones, optaron por participar en una de las actividades más emblemáticas del puerto: las carreras de dinosaurios. Con cierta lógica —y algo de entusiasmo— eligieron a Torik como su jinete. Su complexión ligera y su afinidad con la naturaleza lo convertían en el candidato ideal.

La carrera fue un espectáculo digno de leyenda. Seis competidores se alinearon en la salida, montando bestias veloces, musculosas y difíciles de controlar. Entre ellos destacaba el favorito del público, el campeón patrocinado por el príncipe mercante Jobal, un jinete experimentado que parecía dominar a su montura como si fuera una extensión de su propio cuerpo. El inicio fue explosivo. Las criaturas avanzaron con fuerza, levantando polvo y gritos entre la multitud. Torik mantuvo la calma, guiando a su dinosaurio con firmeza mientras esquivaba obstáculos, giros cerrados y empujones de sus rivales. En medio del caos, Khol, oculto entre la multitud, utilizó discretamente pequeños trucos propios de su linaje tiefling para favorecer a su compañero: sombras que confundían a los rivales, ligeras distracciones, momentos de duda que inclinaban la balanza… todo sin ser detectado. Era ilegal, sí… pero mientras Badriel no lo supiera, el grupo no tendría que lidiar con otro conflicto moral.

La carrera alcanzó su clímax en los últimos tramos. Torik logró posicionarse entre los primeros, luchando rueda a rueda contra el campeón de Jobal. El público rugía. El desenlace fue ajustado… pero finalmente, el enano cruzó la meta en segundo lugar. No obtuvieron el gran premio principal, pero sí algo valioso: triplicaron el dinero apostado y reforzaron su confianza como grupo. Además, como reconocimiento por su desempeño, se les entregó un anillo de resistencia al fuego, el cual fue confiado a Umi, quien lo recibió con una mezcla de orgullo y responsabilidad.
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Sin embargo, mientras la celebración aún resonaba en las calles del puerto, algo cambió en silencio. Esa misma noche, Melshif encontró información que había buscado durante mucho tiempo… pistas sobre Artheponas, el responsable de la destrucción de su pueblo. No dijo nada. No compartió lo que había descubierto. Simplemente tomó una decisión. Antes del amanecer, sin despedidas ni explicaciones, el bardo abandonó el grupo, siguiendo su propio camino en busca de venganza.
El jugador Cristian que manejaba al personaje de Melshif deja la mesa de rol y con ello se retira a su personaje del grupo

Cuando el grupo lo notó, ya era tarde. Solo quedaron preguntas… y un silencio incómodo que nadie quiso romper. Mientras tanto, Umi y Badriel aprovecharon la jornada para investigar posibles guías para la jungla. Entre nombres, rumores y recomendaciones, uno destacó por sobre los demás: Azaka Stormfang. Esa misma tarde, se reunieron con ella en la taberna La Casa de Reposo de Kaya. Azaka_ era una mujer fuerte, de mirada intensa y movimientos seguros. Su presencia imponía respeto, y en su voz había la firmeza de alguien que conocía la jungla… y había sobrevivido a ella. Tras escucharlos, propuso un acuerdo inusual: renunciaría a cualquier pago si el grupo la ayudaba a recuperar un objeto importante de su familia. No dio muchos detalles, pero su tono dejó claro que no era una simple reliquia… era algo personal.
El grupo aceptó.
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Durante el resto del día, Azaka los guió en los preparativos. Les indicó qué provisiones comprar, qué equipo llevar y, más importante aún, qué evitar. Hablaba de la jungla como si fuera un ser vivo, uno que observaba, reaccionaba y castigaba a los imprudentes. Con ella, el grupo no solo ganaba una guía… ganaba una ventaja.

Al día siguiente, partieron junto a Azaka rumbo a Fuerte Beluarian, con el objetivo de obtener permisos oficiales para explorar la jungla. El viaje tomó dos días, y durante ese tiempo quedó claro por qué la presencia de Azaka era vital. Evitó territorios de dinosaurios, desvió el camino antes de cruzarse con hordas de muertos vivientes y detectó peligros antes de que el grupo siquiera los notara. Donde antes había enfrentamientos inevitables… ahora había decisiones inteligentes. Movimiento en silencio. Supervivencia.

El 30 de Flamerule, finalmente llegaron al fuerte.
Fuerte Beluarian se alzaba imponente en la costa, una estructura robusta de madera reforzada y piedra, protegida por empalizadas, torres de vigilancia y soldados armados. No era solo un puesto militar… era un bastión. Administrado por el Puño Ardiente en nombre de Puerta de Baldur, el fuerte servía como centro de operaciones para expediciones en la jungla. Desde allí partían misiones para cazar muertos vivientes, explorar territorios desconocidos y asegurar rutas comerciales. La disciplina militar era evidente: soldados entrenando, órdenes firmes, vigilancia constante.
Fue allí donde conocieron a Liara Portyr.
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De presencia firme y mirada penetrante, Liara imponía autoridad sin necesidad de alzar la voz. Vestía una armadura completa que reflejaba tanto su rango como su experiencia. No era joven… pero tampoco lo necesitaba. Había algo en ella que inspiraba respeto inmediato. Cuando el grupo se presentó, no hubo rodeos. Les informó que varios de sus soldados habían desaparecido en la jungla durante una misión reciente. Su tono fue directo.

"Quieren moverse libremente por Chult… quieren riquezas, permisos y respaldo. Yo puedo dárselos. Pero primero… demuéstrenme que valen la pena."

La oferta era clara.
Rescatar a sus hombres a cambio de un permiso especial de libre tránsito y autorización para extraer riquezas de la jungla.

El grupo no dudó.
Aceptaron.
Porque en Chult, cada paso sin respaldo era una sentencia.
Y cada alianza… una oportunidad de sobrevivir.
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domingo 28 de abril del 2024

La Cacería en la Jungla

Tras aceptar la misión de Liara Portyr, el grupo se preparó en Fuerte Beluarian. Armas afiladas, provisiones listas y la determinación firme, todo apuntaba a lo inevitable. Al amanecer del 1 de Elesias, partieron junto a Azaka Stormfang en busca de los soldados del Puño Ardiente desaparecidos. La jungla de Chult los recibió como siempre: imponente, viva… y peligrosa. No era solo un lugar, era una fuerza. Los árboles se alzaban como columnas infinitas cubiertas de lianas, la humedad se pegaba a la piel como una segunda capa, y cada sonido —cada crujido, cada rugido lejano— recordaba que no estaban solos. Criaturas enormes se movían entre la vegetación sin dejarse ver, insectos del tamaño de una mano zumbaban cerca de sus oídos, y plantas que parecían inofensivas escondían venenos capaces de derribar a un hombre en segundos. Pero bajo la guía experta de Azaka, el grupo avanzó con inteligencia, evitando rutas marcadas por territorios de depredadores y desviándose antes de cruzar zonas infestadas de muertos vivientes. Donde antes había caos… ahora había supervivencia.

Durante dos días siguieron rastros: huellas en el barro, restos de fogatas, marcas de combate. Las montañas cercanas comenzaron a aparecer entre la vegetación, y fue allí, cuando la luz comenzaba a caer, que el peligro se reveló. Un sonido grave, pesado… antinatural. El grupo se detuvo. Algo no estaba bien.

Entonces lo vieron.

Un tiranosaurio rex zombie.

Su enorme cuerpo en descomposición se movía con una fuerza grotesca, carne colgando, huesos expuestos, ojos vacíos que aún buscaban presas. A su alrededor, hordas de muertos vivientes rodeaban a un pequeño grupo de soldados acorralados, sin escapatoria. La noche comenzaba a caer, y con ella, la visión se volvía un enemigo más. Fue entonces cuando Torik actuó. Elevó su símbolo sagrado y canalizó un conjuro de luz, envolviendo una flecha de Badriel en un resplandor radiante. El disparo cruzó la oscuridad… y al impactar cerca de la criatura, iluminó la escena completa. El horror quedó al descubierto. Y la batalla comenzó.

El grupo se dividió sin dudar. Umi y Badriel cargaron directamente contra el coloso, buscando desviar su atención, enfrentándolo de frente como una muralla contra la muerte misma. El espadón Imu ardió en llamas al pronunciar su palabra clave, envolviendo cada golpe en fuego vivo que consumía la carne corrupta del dinosaurio. Cada impacto era brutal, cada corte arrancaba fragmentos de la criatura, pero aún así… seguía avanzando. Badriel, firme en su fe, resistía las embestidas, cubriendo a Umi mientras esta descargaba todo su poder.

Por otro lado, Torik y Khol avanzaban hacia los sobrevivientes. Khol, con el estoque Silencio, invocó el frío mágico que recorría la hoja, cada estocada congelando carne y ralentizando a los enemigos. Se movía entre las sombras con precisión letal, abriendo caminos donde no los había. Torik, por su parte, mantenía la línea con poder divino, sanando heridas, sosteniendo a los caídos y rechazando a los muertos con la fuerza de Chauntea. Su presencia fue clave. Sin él… nadie habría resistido.

El combate fue un caos controlado. Gritos, acero, fuego y muerte se entrelazaban en la oscuridad de la jungla. Los muertos no dejaban de avanzar. El dinosaurio rugía, arrasando todo a su paso. Y cuando parecía que incluso ese esfuerzo no sería suficiente…
una figura apareció entre la maleza. Azaka.

Con precisión perfecta, aprovechó el momento exacto en que la criatura fue debilitada por los ataques de Umi y Badriel. Su golpe fue certero. Final. Decisivo. El enorme cuerpo del tiranosaurio se desplomó con un estruendo que hizo temblar la tierra. Silencio. Habían ganado. No sin costo… pero habían ganado.

Entre los sobrevivientes se encontraban tres miembros del Puño Ardiente: el enano Dorn Martillo Gris y los humanos Sereth Valen y Mira Halwen. Heridos, agotados, pero vivos. Sus rostros reflejaban incredulidad… y profunda gratitud. Agradecieron al grupo con palabras sinceras, sabiendo que sin su intervención, habrían muerto esa noche.

Sin perder tiempo, emprendieron el regreso.
El viaje fue lento, marcado por el cansancio, pero ya sin la presión de lo desconocido. Finalmente, el 4 de Elesias, llegaron nuevamente a Fuerte Beluarian. Allí, Liara Portyr los recibió en persona. Observó al grupo… y a sus soldados rescatados.

No hizo falta decir mucho.

Habían cumplido.

Con un gesto firme, Liara les entregó un permiso especial: libre tránsito por la jungla y autorización total para conservar cualquier riqueza encontrada, sin pagar tributo al Puño Ardiente. Un privilegio que pocos obtenían.

Una señal clara.

El grupo ya no eran simples aventureros.
Eran una fuerza a considerar en Chult.
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domingo 26 de mayo del 2024

Sangre en la Selva

Tras obtener el permiso del Puño Ardiente, arrancado de las garras de una muerte segura ante un tiranosaurio rex zombie, el grupo dejó atrás Fuerte Beluarian con un objetivo claro: encontrar el origen de la maldición de la muerte. Desde el 4 hasta el 8 de Elesias, se internaron en la jungla de Chult, un territorio que no solo desafiaba el cuerpo… sino también el espíritu. Las noches dejaron de ser descanso y se convirtieron en tormento. Una y otra vez, los sueños los arrastraban hacia la misma visión: una máscara dorada, antigua, implacable, suspendida en la oscuridad como un ojo que todo lo observa. La máscara no solo miraba… consumía. En sus visiones, absorbía la vida misma, devorando las almas de Toril como si fueran brasas en un fuego eterno. Algunos despertaban sudando, otros en silencio… pero todos sentían lo mismo: aquello era real… y los estaba llamando.

El viaje se volvió una prueba constante. El calor sofocante los envolvía durante el día, mientras lluvias repentinas convertían el suelo en un lodazal traicionero. Las raíces se enredaban en sus pasos, las hojas ocultaban peligros invisibles y el aire húmedo hacía que cada respiración pesara. No hubo combates, no porque la jungla fuera benévola… sino porque Azaka demostró por qué era indispensable. Evitó territorios marcados por hordas de muertos vivientes, desvió rutas antes de cruzarse con depredadores, leyó el entorno como si la jungla le susurrara sus secretos. Aun así, el desgaste era brutal. Las raciones escaseaban, obligándolos a medir cada bocado; la sed era constante, solo mitigada por los conjuros de Torik, quien invocaba agua con la bendición de Chauntea. Y lo peor… era la imposibilidad de descansar. La jungla no ofrecía refugio. No había descanso largo, no había tregua. Solo pausas breves, tensas, siempre alertas, esperando que la noche no trajera algo peor.

Fue al atardecer del 8 de Elesias cuando algo cambió. Azaka se detuvo, agachándose sobre el barro húmedo. Sus ojos se afilaron. No eran huellas de muertos vivientes… eran recientes, erráticas… humanoides. El grupo siguió el rastro en silencio, adentrándose entre árboles más densos, donde la luz apenas lograba filtrarse. Entonces lo escucharon: el choque de huesos, gruñidos… y respiración agitada.

Un semielfo estaba siendo acorralado.

Arco en mano, rodeado por muertos vivientes, luchaba con lo último de sus fuerzas. Sus flechas ya habían derribado a varios, pero la horda no dejaba de avanzar. El grupo no dudó. Badriel fue el primero en moverse, irrumpiendo como un muro de acero entre la muerte y el desconocido. Umi lo siguió, su espada Imu encendiéndose en llamas con la palabra Harder, iluminando la escena con fuego vivo. Khol desapareció entre las sombras, reapareciendo entre los enemigos con su estoque Silencio, cuya hoja helada cortaba y congelaba a cada enemigo que tocaba. Torik, firme, alzó su símbolo sagrado, invocando luz y vida contra la oscuridad que los rodeaba.

El semielfo, en un intento desesperado por aprovechar la apertura, tensó su arco… pero el destino le jugó una cruel pasada. Un fallo. La cuerda se tensó mal, el disparo se torció, y el arco… se quebró en sus manos. Por un instante, la desesperación cruzó su rostro. Fue entonces cuando Umi, sin dudar, lanzó su propio arco hacia él. “¡No te detengas!” gritó. El semielfo lo atrapó en el aire, giró sobre sí mismo y disparó con precisión renovada, abriendo espacio entre la horda.

El combate fue feroz. Sin cuartel. La jungla misma parecía contener la respiración mientras acero, fuego, hielo y fe chocaban contra la muerte encarnada. Y finalmente… el silencio regresó.

El semielfo cayó de rodillas, jadeando, aún con vida.

Su nombre era Ozul.

Un explorador. Un guardián de los bosques. Había llegado a Chult siguiendo rumores sobre la maldición de la muerte, confiando en que sus habilidades serían suficientes para sobrevivir. Pero la jungla no perdona la arrogancia… ni la soledad. Perdido, agotado y rodeado, habría muerto allí de no ser por el grupo.

Ahora… no estaba solo.

Se une Camila Cisterna con el personaje de Ozul, un semielfo explorador


El grupo no solo había sobrevivido a la jungla…

había encontrado un nuevo aliado.

Pero la máscara seguía llamando.

Y la selva… aún no había mostrado su verdadero rostro.
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domingo 21 de julio del 2024

El Campamento Justicia

Desde el 9 hasta el 11 de Elesias, el grupo continuó su travesía por la despiadada jungla de Chult, guiados por Azaka Stormfang. A pesar del calor sofocante, la humedad constante y la amenaza latente de la muerte detrás de cada árbol, el viaje comenzó a sentirse menos pesado gracias a la presencia de un nuevo integrante: Ozul. Durante las largas caminatas, mientras atravesaban senderos cubiertos por raíces gigantescas y niebla espesa, el grupo aprovechó de conversar con el semielfo. Poco a poco, Ozul compartió fragmentos de su historia, de cómo había dedicado su vida a proteger los bosques y de cómo la corrupción que se extendía por Chult le resultaba antinatural… ofensiva para el equilibrio mismo de la naturaleza.

Fue durante una de esas noches, alrededor de una pequeña fogata apenas visible entre la lluvia y las sombras, que Azaka finalmente habló con mayor profundidad sobre el objeto que buscaba. La guía sostuvo el fuego con la mirada durante varios segundos antes de romper el silencio.

"La máscara pertenece a mi tribu…" dijo con voz baja. "La Máscara de las Bestias. Fue robada hace más de un año por goblins. Desde entonces… he seguido rumores, rastros… cadáveres." Su expresión se endureció. "Y ahora todo apunta a un lugar: el Campamento Justicia."

Según había escuchado en Puerto Nyanzaru, el campamento había caído hacía tiempo bajo una invasión de muertos vivientes. Aun así, Azaka estaba decidida a recuperar el legado de su pueblo.

Cuando finalmente llegaron al lugar, el silencio fue lo primero que llamó su atención.

El Campamento Justicia se alzaba en ruinas junto al río Soshenstar, abandonado, húmedo y consumido lentamente por la jungla. Las estructuras derrumbadas estaban cubiertas de musgo y lianas, mientras la niebla se deslizaba entre los restos como si el lugar respirara. Pero lo más inquietante no eran las ruinas…

era la estatua.

En lo alto de un montículo de piedra descansaba la gigantesca figura de un hombre sentado, cargando sobre sus hombros un enorme cocodrilo. O quizá… era al revés. La erosión y el diseño hacían difícil distinguir dónde terminaba el humano y comenzaba la bestia. El rostro de la estatua poseía rasgos reptilianos, casi como un hombre con cara de cocodrilo, observando eternamente la selva con una expresión fría e inescrutable.

El grupo investigó cuidadosamente las ruinas mientras Badriel encontraba una vieja balsa semidestruida a la orilla del río. Convencido de que podría servirles más adelante, decidió quedarse reparándola mientras los demás continuaban explorando.

Tras confirmar que el campamento estaba completamente abandonado, el grupo se dirigió finalmente hacia la estatua. Entre las piernas de la gigantesca figura descubrieron una puerta de piedra cubierta de inscripciones antiguas. Allí encontraron grabada una vieja fábula:

Un hombre debía cruzar un río peligroso, pero temía ser devorado por un cocodrilo gigante. Sin embargo, el cocodrilo le ofreció ayuda, permitiéndole subir sobre su espalda para atravesar las aguas, pero a cambio el hombre debía cargarlo en su espalda para que el cocodrilo conociera el mundo de los hombres. El hombre desconfiaba, pero necestiaba cruzar o sino podía morir. Solo al aceptar cargar con otro y confiar en él logró atravesar el peligro del río, pero en consecuencia tendría que cargar para siempre con el cocodrilo.

La historia parecía sencilla… hasta que comprendieron que era una advertencia.

Al ingresar, las trampas comenzaron a activarse. Baldosas ocultas disparaban mecanismos letales cada vez que alguien caminaba sobre ellas individualmente. Pero gracias a la astucia de Khol, el grupo descubrió la solución: debían avanzar montados unos sobre otros, imitando la enseñanza de la fábula. Aquello evitaba activar los disparadores ocultos.

La mazmorra continuó poniéndolos a prueba. Puertas secretas, plataformas móviles y estrechos caminos de piedra los obligaron a avanzar con extrema cautela. Finalmente llegaron al corazón de la construcción: una enorme sala circular donde una escalera en espiral ascendía hacia las alturas, terminando en un pequeño pedestal donde descansaba un antiguo jarrón.

Pero alcanzar el objeto no sería sencillo.

La superficie era absurdamente resbaladiza. Uno tras otro, los intentos fracasaron. Caídas dolorosas, golpes contra la piedra y frustración comenzaron a desgastar al grupo. Incluso Umi terminó riéndose entre dientes después de una aparatosa caída de Badriel, aunque rápidamente intentó ocultarlo.

Finalmente, fue Khol quien logró lo imposible.

Con agilidad sobrenatural, el tiefling escaló cuidadosamente hasta alcanzar el pedestal y recuperar el jarrón. Dentro de él descansaba la Máscara de las Bestias, el objeto perdido de Azaka. Junto a ella encontraron también un Anillo de Caída de Pluma, el cual quedó en poder de Khol.

La victoria parecía completa.

Pero afuera… la muerte esperaba.

Apenas salieron de la tumba, un grupo de orcos y goblins cayó sobre ellos en una emboscada perfectamente preparada. Heridos por las trampas, agotados y tomados por sorpresa, el grupo apenas logró reaccionar. El combate comenzó brutal y desordenado. Torik, ya debilitado, fue quien peor resistió los ataques.

Y entonces…

la jungla rugió.

Desde las colinas, entre los árboles y las sombras, comenzaron a aparecer cientos de muertos vivientes.

No caminaban lentamente. Corrían.
Como una avalancha de carne putrefacta y huesos quebrados descendieron sobre el lugar, arrasando con todo a su paso. Orcos, goblins… todos comenzaron a morir bajo aquella marea imposible. Fue un espectáculo de puro horror. Una escena digna de una pesadilla.

El grupo comprendió de inmediato que aquello no podía ganarse. Solo podían huir. Pero mientras escapaban hacia el río, Torik cayó inconsciente al suelo. Y los muertos ya estaban encima. Por un instante, todo pareció perdido.
Entonces Umi regresó.

Sin pensarlo dos veces, ignorando los gritos y el peligro, la guerrera se abrió paso entre la oscuridad y tomó el cuerpo inconsciente del enano sobre sus hombros. Cada paso era una lucha contra el cansancio y el miedo mientras los muertos les pisaban los talones. Badriel, desde la orilla, ya había preparado las balsas.

"¡SALTA!" gritó desesperadamente.

Con un último esfuerzo, Umi alcanzó el río mientras los muertos prácticamente rozaban sus espaldas. El grupo abordó las balsas y comenzó a alejarse lentamente corriente abajo.

Desde la orilla… los muertos los observaban. Inmóviles. Silenciosos.

Como si esperaran volver a encontrarlos.
Y mientras la lluvia comenzaba a caer sobre las aguas oscuras del Soshenstar, todos entendieron lo mismo:

Por muy valientes que fueran…
Chult podía devorarlos en cualquier momento.
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domingo 18 de agosto del 2024

El Campamento Venganza

## 📜 Sesión 16 — El Campamento de los Enfermos

La noche del 11 de Elesias encontró al grupo navegando lentamente por las oscuras aguas del río Soshenstar. Nadie hablaba demasiado. El enfrentamiento contra la inmensa horda de muertos vivientes todavía pesaba sobre sus mentes. El sonido constante del agua golpeando la madera de las balsas apenas lograba ocultar los rugidos lejanos de criaturas que se ocultaban entre la espesura. De vez en cuando, un par de ojos brillaban entre la vegetación antes de desaparecer nuevamente en la oscuridad. La jungla de Chult parecía observarlos, esperando el momento oportuno para volver a ponerlos a prueba.

Aquella noche el sueño volvió a repetirse. Todos despertaron sobresaltados. Frente a ellos se alzaba nuevamente la máscara dorada, suspendida en medio de una oscuridad infinita. Esta vez no permanecía inmóvil. Latía como si estuviera viva, absorbiendo lentamente la luz que la rodeaba mientras incontables almas eran arrastradas hacia ella, consumidas por un vacío eterno. Entre aquellos lamentos, una voz grave y antinatural resonó dentro de sus mentes.

"Regresen..." El eco parecía provenir de todas partes. "No sigan avanzando..."
La máscara giró lentamente hacia ellos. Sus cuencas vacías parecían atravesarlos.
"Todo aquel que me busque... entregará su alma."

Uno tras otro, todos despertaron sobresaltados y cubiertos de sudor. Ninguno quiso hablar demasiado del sueño, pero todos comprendieron una inquietante verdad: aquello ya no era una simple pesadilla. La maldición sabía que ellos iban tras ella.

Tras casi un día completo de navegación, la vegetación comenzó a abrirse y apareció ante ellos una imponente empalizada de troncos reforzados. Grandes estacas protegían el perímetro mientras varias torres de vigilancia sobresalían por encima de la muralla. Más allá de ellas se alzaban decenas de tiendas militares, fogatas humeantes y estandartes desgastados por la lluvia tropical. Era el Campamento Venganza.

No poseía la majestuosidad de un castillo ni la belleza de una ciudad. Era una fortaleza levantada a fuerza de voluntad en medio del infierno verde de Chult. Sus murallas parecían desafiar a la selva, mientras el barro, las lluvias y la humedad intentaban devorarlo día tras día. Hombres y mujeres armados recorrían las pasarelas de madera con el rostro marcado por el cansancio, conscientes de que cualquier noche podía ser la última. El campamento había sido fundado por los pocos supervivientes de la caída del Campamento Justicia, quienes, tras escapar de la masacre provocada por los muertos vivientes, habían levantado aquella nueva posición defensiva para continuar la lucha contra la oscuridad.

Los guardias interceptaron inmediatamente al grupo. Tras un breve interrogatorio y comprobar el salvoconducto otorgado por Liara Portyr, les permitieron ingresar.

Muy pronto comprendieron que allí se libraba otra batalla. No era contra monstruos. Era contra la enfermedad.

Decenas de soldados permanecían postrados en improvisadas enfermerías. Algunos sufrían fiebres insoportables, otros apenas podían mantenerse conscientes. El aire estaba impregnado de hierbas medicinales, sudor y desesperanza. La jungla no solo mataba con dientes y garras; también lo hacía mediante insectos, infecciones y enfermedades que consumían lentamente a quienes se aventuraban demasiado lejos.

El comandante del campamento explicó que necesitaban ayuda desesperadamente. A cambio de alimento, refugio y un lugar seguro donde descansar, el grupo aceptó colaborar con los enfermos.

Para Badriel aquello nunca fue una negociación. Era simplemente lo correcto.
Durante toda la tarde recorrió las improvisadas enfermerías atendiendo soldados, cargando heridos y llevando agua a quienes apenas podían sostenerse con vida. Cada gesto recordaba el motivo por el cual había jurado servir a Tyr.

Fue precisamente allí donde el destino volvió a cruzar sus caminos con un viejo compañero. En una de las tiendas apareció Melshif. El antiguo bardo sonrió al reencontrarse con el grupo, aunque en su mirada ya no existía la misma tranquilidad de antes. Les explicó que continuaba siguiendo el rastro de Artheponas, responsable de la destrucción de su pueblo, y que cada pista lo alejaba más del camino que compartían.

Antes de despedirse, colocó sobre la mesa los Brazaletes de Arquería.
"Necesito recursos para continuar mi búsqueda..." dijo con una leve sonrisa. "Pero ustedes les sacarán mucho mejor provecho que yo."

Brazaletes de Arquería: Bonificador para las tiradas de ataque con arco


El grupo aceptó ayudarlo económicamente. Aquella sería la última vez que volverían a ver a Melshif.

Los sanadores del campamento informaron entonces que existía una esperanza para los enfermos. A un día de viaje hacia el oeste, en una elevada cumbre rocosa, florecía una extraña planta medicinal de pétalos rosados. Muy pocos conocían su existencia, y aún menos lograban obtenerla, pues crecía en un lugar custodiado por peligrosas criaturas aladas.

Aquella noche, por primera vez desde que se internaron en la jungla, el grupo pudo disfrutar de un verdadero descanso. Bajo la protección del campamento recuperaron fuerzas, sanaron sus heridas y prepararon el viaje del día siguiente.

Al amanecer del 12 de Elesias emprendieron la marcha.

Tras una jornada completa atravesando barrancos, senderos cubiertos de musgo y enormes raíces, alcanzaron finalmente la cima de la montaña. Allí, iluminada por los rayos del sol que atravesaban las nubes, crecía la delicada flor rosada. Parecía imposible que algo tan hermoso pudiera sobrevivir en un lugar tan hostil. Pero no estaba sola.

Muy cerca descansaba un enorme nido de pterodáctilos. Las criaturas dormían con las alas plegadas, aunque bastaría el menor ruido para convertir aquella montaña en un campo de caza.

Todos permanecieron inmóviles.
Entonces Khol dio un paso al frente.
Respiró profundamente.
Y desapareció entre las rocas.

Cada movimiento era preciso. Cada apoyo parecía calculado con una elegancia casi felina. Avanzó entre las enormes criaturas evitando ramas secas, piedras sueltas y cualquier sonido que pudiera despertarlas. Durante unos eternos segundos nadie respiró.

Finalmente... sus dedos alcanzaron la flor.
La arrancó con extrema delicadeza y comenzó el regreso exactamente por el mismo camino. Cuando volvió junto al grupo sosteniendo la planta entre sus manos, nadie dijo una palabra.

Solo sonrieron. La misión había sido un éxito.

Aquella misma tarde, el 13 de Elesias, regresaron al Campamento Venganza. Los sanadores prepararon rápidamente el remedio utilizando la flor que el grupo había conseguido, mientras Badriel y Torik colaboraban atendiendo nuevamente a los enfermos.

Quizá aquella medicina no bastaría para salvar Chult. Pero sí bastaría para devolver la esperanza a quienes aún luchaban por sobrevivir dentro de aquellas murallas.
Y en una tierra donde la muerte avanzaba cada día...
la esperanza comenzaba a convertirse en el tesoro más valioso de todos.
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domingo 26 de enero del 2025

Serpientes entre la Maleza

La mañana del 14 de Elesias amaneció cubierta por una espesa neblina que parecía abrazar la jungla de Chult. Tras ayudar a los enfermos del Campamento Venganza, el grupo reanudó su expedición hacia el sur. Antes de partir, varios soldados del Puño Ardiente les hablaron de un antiguo lugar llamado Mbala, las ruinas de una ciudad olvidada que, según las leyendas, había sido uno de los asentamientos más importantes de la península muchos siglos atrás. Hoy solo quedaban muros derruidos, templos consumidos por la vegetación y el eco de una civilización desaparecida. Sin embargo, en las últimas semanas algunos exploradores aseguraban haber visto a una misteriosa figura caminando entre las ruinas. Nadie sabía quién era… o siquiera si era humana. Aquellos rumores bastaron para despertar la curiosidad del grupo.

Guiados por Azaka Stormfang, emprendieron nuevamente el viaje. La jungla parecía más hostil que nunca. El calor era sofocante incluso bajo la sombra de los árboles gigantescos, mientras enormes helechos y raíces centenarias dificultaban cada paso. El rugido lejano de dinosaurios retumbaba entre las montañas y, de vez en cuando, enormes insectos cruzaban frente a sus rostros antes de perderse entre la vegetación. Aun así, Azaka parecía conocer cada rincón de aquel laberinto verde, guiándolos por senderos casi invisibles y evitando las zonas donde los muertos caminaban en mayor número.

Durante la noche, el sueño volvió. La Máscara de la Maldición de la Muerte apareció nuevamente frente a ellos. Esta vez ya no permanecía inmóvil. Miles de almas giraban a su alrededor como un remolino interminable mientras eran absorbidas hacia un vacío imposible de contemplar. Entre aquellas voces desesperadas comenzaron a distinguir rostros conocidos, aventureros, soldados… incluso personas que habían conocido durante su viaje.

Entonces la máscara habló. "Aún pueden regresar..." Su voz sonó como un susurro dentro de sus propias mentes. "Cada paso que dan... los acerca a mí." Las almas comenzaron a gritar. "Vuelvan... mientras todavía conservan las suyas." El grupo despertó sobresaltado una vez más.

Nadie quiso admitirlo.
Pero todos comenzaban a sentir que aquella presencia los observaba incluso cuando estaban despiertos.

El 15 de Elesias, mientras avanzaban por una estrecha quebrada cubierta de enormes árboles, Azaka levantó el puño ordenando detener la marcha. Más adelante se escuchaban voces... aunque no pertenecían a ningún idioma humano. Con extremo cuidado, el grupo se aproximó hasta encontrar una escena tan inquietante como inexplicable.

Una larga columna de Yuan-ti avanzaba lentamente entre la vegetación. Algunos poseían apariencia casi humana, con escamas verdes cubriendo parte de su piel y ojos completamente reptilianos. Otros caminaban erguidos sobre enormes colas de serpiente, mientras que los más monstruosos mezclaban brazos humanos con cabezas de víbora capaces de abrir sus mandíbulas de forma antinatural. Todos portaban armas finamente elaboradas y armaduras adornadas con símbolos serpentinos.

Pero aquello no era lo más perturbador. Detrás de ellos avanzaba una inmensa horda de muertos vivientes. Esqueletos, zombis y cadáveres deformes caminaban en perfecto orden, como si obedecieran las órdenes silenciosas de aquellas criaturas reptilianas. Nadie entendía cómo era posible.

"¿Desde cuándo los muertos obedecen a las serpientes?" murmuró Badriel, incapaz de apartar la vista de aquella extraña procesión.

La duda pudo más que la prudencia. Khol decidió acercarse.
Aprovechando la densa vegetación comenzó a deslizarse entre las sombras con la misma elegancia que tantas veces había salvado al grupo. Paso a paso se aproximó al extraño desfile...

Hasta que una rama crujió bajo su pie. El silencio duró apenas un instante. Decenas de ojos amarillos se clavaron sobre él al mismo tiempo. Uno de los Yuan-ti siseó una orden en su lengua ancestral. La emboscada había fracasado... Y la batalla comenzó.

Los primeros en lanzarse fueron los muertos vivientes, que rompieron filas para abalanzarse sobre el grupo. Badriel respondió levantando su escudo y chocando de frente contra la primera oleada, convirtiéndose nuevamente en el muro que protegía a sus compañeros.

A su lado, Umi desenvainó Imu. Con la palabra "Harder" el espadón estalló en llamas, iluminando la espesura de la jungla mientras cada golpe dejaba un rastro de fuego que consumía carne putrefacta y escamas por igual. Las llamaradas reflejaban en los árboles como si toda la selva hubiese comenzado a arder.

Khol, aprovechando la confusión que él mismo había provocado, desenfundó Silencio. "Congelar." La hoja quedó envuelta por un frío sobrenatural. Sus movimientos eran rápidos, casi imposibles de seguir. Cada estocada congelaba músculos y tendones antes de que el enemigo pudiera reaccionar. Donde aparecía el tiefling... un cuerpo caía.

Mientras tanto, Torik alzó con fuerza el símbolo de Chauntea. "¡Que la luz de la Madre de la Tierra expulse a quienes nunca debieron regresar!" Una poderosa oleada de energía divina recorrió la jungla. Varios zombis se detuvieron en seco. Otros comenzaron a retroceder mientras sus cuerpos eran consumidos por la luz sagrada. Incluso los Yuan-ti vacilaron durante unos segundos al contemplar semejante despliegue de poder.

Ozul se movía como si la selva fuera una extensión de su propio cuerpo. Desde la distancia, sus flechas encontraban siempre el punto exacto donde los enemigos bajaban la guardia. Más de un Yuan-ti cayó antes siquiera de comprender de dónde provenía el disparo.

Y entonces intervino Azaka. La guía desapareció entre la vegetación. Solo se escuchaban gritos. Uno tras otro.

Cuando volvió a hacerse visible, sostenía sus armas cubiertas de sangre reptiliana mientras el último de los Yuan-ti caía derrotado.

El combate terminó tan abruptamente como había comenzado.
Los aventureros permanecieron inmóviles, recuperando el aliento.
Pero algo seguía sin encajar.
El grueso del ejército no había participado en la batalla.

Mientras ellos luchaban, la inmensa columna principal de Yuan-ti y muertos vivientes continuó avanzando lentamente hacia el sureste de Chult, perdiéndose entre la vegetación como si aquella escaramuza jamás hubiera ocurrido.

El grupo permaneció observando en silencio. Aquello no era un simple ejército. Era una marcha, y quienquiera que estuviera guiándolos movía fuerzas mucho más grandes de lo que jamás habían imaginado.
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