La mañana del 14 de Elesias amaneció cubierta por una espesa neblina que parecía abrazar la jungla de Chult. Tras ayudar a los enfermos del Campamento Venganza, el grupo reanudó su expedición hacia el sur. Antes de partir, varios soldados del Puño Ardiente les hablaron de un antiguo lugar llamado Mbala, las ruinas de una ciudad olvidada que, según las leyendas, había sido uno de los asentamientos más importantes de la península muchos siglos atrás. Hoy solo quedaban muros derruidos, templos consumidos por la vegetación y el eco de una civilización desaparecida. Sin embargo, en las últimas semanas algunos exploradores aseguraban haber visto a una misteriosa figura caminando entre las ruinas. Nadie sabía quién era… o siquiera si era humana. Aquellos rumores bastaron para despertar la curiosidad del grupo.
Guiados por Azaka Stormfang, emprendieron nuevamente el viaje. La jungla parecía más hostil que nunca. El calor era sofocante incluso bajo la sombra de los árboles gigantescos, mientras enormes helechos y raíces centenarias dificultaban cada paso. El rugido lejano de dinosaurios retumbaba entre las montañas y, de vez en cuando, enormes insectos cruzaban frente a sus rostros antes de perderse entre la vegetación. Aun así, Azaka parecía conocer cada rincón de aquel laberinto verde, guiándolos por senderos casi invisibles y evitando las zonas donde los muertos caminaban en mayor número.
Durante la noche, el sueño volvió. La Máscara de la Maldición de la Muerte apareció nuevamente frente a ellos. Esta vez ya no permanecía inmóvil. Miles de almas giraban a su alrededor como un remolino interminable mientras eran absorbidas hacia un vacío imposible de contemplar. Entre aquellas voces desesperadas comenzaron a distinguir rostros conocidos, aventureros, soldados… incluso personas que habían conocido durante su viaje.
Entonces la máscara habló. "Aún pueden regresar..." Su voz sonó como un susurro dentro de sus propias mentes. "Cada paso que dan... los acerca a mí." Las almas comenzaron a gritar. "Vuelvan... mientras todavía conservan las suyas." El grupo despertó sobresaltado una vez más.
Nadie quiso admitirlo.
Pero todos comenzaban a sentir que aquella presencia los observaba incluso cuando estaban despiertos.
El 15 de Elesias, mientras avanzaban por una estrecha quebrada cubierta de enormes árboles, Azaka levantó el puño ordenando detener la marcha. Más adelante se escuchaban voces... aunque no pertenecían a ningún idioma humano. Con extremo cuidado, el grupo se aproximó hasta encontrar una escena tan inquietante como inexplicable.
Una larga columna de Yuan-ti avanzaba lentamente entre la vegetación. Algunos poseían apariencia casi humana, con escamas verdes cubriendo parte de su piel y ojos completamente reptilianos. Otros caminaban erguidos sobre enormes colas de serpiente, mientras que los más monstruosos mezclaban brazos humanos con cabezas de víbora capaces de abrir sus mandíbulas de forma antinatural. Todos portaban armas finamente elaboradas y armaduras adornadas con símbolos serpentinos.
Pero aquello no era lo más perturbador. Detrás de ellos avanzaba una inmensa horda de muertos vivientes. Esqueletos, zombis y cadáveres deformes caminaban en perfecto orden, como si obedecieran las órdenes silenciosas de aquellas criaturas reptilianas. Nadie entendía cómo era posible.
"¿Desde cuándo los muertos obedecen a las serpientes?" murmuró Badriel, incapaz de apartar la vista de aquella extraña procesión.
La duda pudo más que la prudencia. Khol decidió acercarse.
Aprovechando la densa vegetación comenzó a deslizarse entre las sombras con la misma elegancia que tantas veces había salvado al grupo. Paso a paso se aproximó al extraño desfile...
Hasta que una rama crujió bajo su pie. El silencio duró apenas un instante. Decenas de ojos amarillos se clavaron sobre él al mismo tiempo. Uno de los Yuan-ti siseó una orden en su lengua ancestral. La emboscada había fracasado... Y la batalla comenzó.
Los primeros en lanzarse fueron los muertos vivientes, que rompieron filas para abalanzarse sobre el grupo. Badriel respondió levantando su escudo y chocando de frente contra la primera oleada, convirtiéndose nuevamente en el muro que protegía a sus compañeros.
A su lado, Umi desenvainó Imu. Con la palabra "Harder" el espadón estalló en llamas, iluminando la espesura de la jungla mientras cada golpe dejaba un rastro de fuego que consumía carne putrefacta y escamas por igual. Las llamaradas reflejaban en los árboles como si toda la selva hubiese comenzado a arder.
Khol, aprovechando la confusión que él mismo había provocado, desenfundó Silencio. "Congelar." La hoja quedó envuelta por un frío sobrenatural. Sus movimientos eran rápidos, casi imposibles de seguir. Cada estocada congelaba músculos y tendones antes de que el enemigo pudiera reaccionar. Donde aparecía el tiefling... un cuerpo caía.
Mientras tanto, Torik alzó con fuerza el símbolo de Chauntea. "¡Que la luz de la Madre de la Tierra expulse a quienes nunca debieron regresar!" Una poderosa oleada de energía divina recorrió la jungla. Varios zombis se detuvieron en seco. Otros comenzaron a retroceder mientras sus cuerpos eran consumidos por la luz sagrada. Incluso los Yuan-ti vacilaron durante unos segundos al contemplar semejante despliegue de poder.
Ozul se movía como si la selva fuera una extensión de su propio cuerpo. Desde la distancia, sus flechas encontraban siempre el punto exacto donde los enemigos bajaban la guardia. Más de un Yuan-ti cayó antes siquiera de comprender de dónde provenía el disparo.
Y entonces intervino Azaka. La guía desapareció entre la vegetación. Solo se escuchaban gritos. Uno tras otro.
Cuando volvió a hacerse visible, sostenía sus armas cubiertas de sangre reptiliana mientras el último de los Yuan-ti caía derrotado.
El combate terminó tan abruptamente como había comenzado.
Los aventureros permanecieron inmóviles, recuperando el aliento.
Pero algo seguía sin encajar.
El grueso del ejército no había participado en la batalla.
Mientras ellos luchaban, la inmensa columna principal de Yuan-ti y muertos vivientes continuó avanzando lentamente hacia el sureste de Chult, perdiéndose entre la vegetación como si aquella escaramuza jamás hubiera ocurrido.
El grupo permaneció observando en silencio. Aquello no era un simple ejército. Era una marcha, y quienquiera que estuviera guiándolos movía fuerzas mucho más grandes de lo que jamás habían imaginado.
Guiados por Azaka Stormfang, emprendieron nuevamente el viaje. La jungla parecía más hostil que nunca. El calor era sofocante incluso bajo la sombra de los árboles gigantescos, mientras enormes helechos y raíces centenarias dificultaban cada paso. El rugido lejano de dinosaurios retumbaba entre las montañas y, de vez en cuando, enormes insectos cruzaban frente a sus rostros antes de perderse entre la vegetación. Aun así, Azaka parecía conocer cada rincón de aquel laberinto verde, guiándolos por senderos casi invisibles y evitando las zonas donde los muertos caminaban en mayor número.
Durante la noche, el sueño volvió. La Máscara de la Maldición de la Muerte apareció nuevamente frente a ellos. Esta vez ya no permanecía inmóvil. Miles de almas giraban a su alrededor como un remolino interminable mientras eran absorbidas hacia un vacío imposible de contemplar. Entre aquellas voces desesperadas comenzaron a distinguir rostros conocidos, aventureros, soldados… incluso personas que habían conocido durante su viaje.
Entonces la máscara habló. "Aún pueden regresar..." Su voz sonó como un susurro dentro de sus propias mentes. "Cada paso que dan... los acerca a mí." Las almas comenzaron a gritar. "Vuelvan... mientras todavía conservan las suyas." El grupo despertó sobresaltado una vez más.
Nadie quiso admitirlo.
Pero todos comenzaban a sentir que aquella presencia los observaba incluso cuando estaban despiertos.
El 15 de Elesias, mientras avanzaban por una estrecha quebrada cubierta de enormes árboles, Azaka levantó el puño ordenando detener la marcha. Más adelante se escuchaban voces... aunque no pertenecían a ningún idioma humano. Con extremo cuidado, el grupo se aproximó hasta encontrar una escena tan inquietante como inexplicable.
Una larga columna de Yuan-ti avanzaba lentamente entre la vegetación. Algunos poseían apariencia casi humana, con escamas verdes cubriendo parte de su piel y ojos completamente reptilianos. Otros caminaban erguidos sobre enormes colas de serpiente, mientras que los más monstruosos mezclaban brazos humanos con cabezas de víbora capaces de abrir sus mandíbulas de forma antinatural. Todos portaban armas finamente elaboradas y armaduras adornadas con símbolos serpentinos.
Pero aquello no era lo más perturbador. Detrás de ellos avanzaba una inmensa horda de muertos vivientes. Esqueletos, zombis y cadáveres deformes caminaban en perfecto orden, como si obedecieran las órdenes silenciosas de aquellas criaturas reptilianas. Nadie entendía cómo era posible.
"¿Desde cuándo los muertos obedecen a las serpientes?" murmuró Badriel, incapaz de apartar la vista de aquella extraña procesión.
La duda pudo más que la prudencia. Khol decidió acercarse.
Aprovechando la densa vegetación comenzó a deslizarse entre las sombras con la misma elegancia que tantas veces había salvado al grupo. Paso a paso se aproximó al extraño desfile...
Hasta que una rama crujió bajo su pie. El silencio duró apenas un instante. Decenas de ojos amarillos se clavaron sobre él al mismo tiempo. Uno de los Yuan-ti siseó una orden en su lengua ancestral. La emboscada había fracasado... Y la batalla comenzó.
Los primeros en lanzarse fueron los muertos vivientes, que rompieron filas para abalanzarse sobre el grupo. Badriel respondió levantando su escudo y chocando de frente contra la primera oleada, convirtiéndose nuevamente en el muro que protegía a sus compañeros.
A su lado, Umi desenvainó Imu. Con la palabra "Harder" el espadón estalló en llamas, iluminando la espesura de la jungla mientras cada golpe dejaba un rastro de fuego que consumía carne putrefacta y escamas por igual. Las llamaradas reflejaban en los árboles como si toda la selva hubiese comenzado a arder.
Khol, aprovechando la confusión que él mismo había provocado, desenfundó Silencio. "Congelar." La hoja quedó envuelta por un frío sobrenatural. Sus movimientos eran rápidos, casi imposibles de seguir. Cada estocada congelaba músculos y tendones antes de que el enemigo pudiera reaccionar. Donde aparecía el tiefling... un cuerpo caía.
Mientras tanto, Torik alzó con fuerza el símbolo de Chauntea. "¡Que la luz de la Madre de la Tierra expulse a quienes nunca debieron regresar!" Una poderosa oleada de energía divina recorrió la jungla. Varios zombis se detuvieron en seco. Otros comenzaron a retroceder mientras sus cuerpos eran consumidos por la luz sagrada. Incluso los Yuan-ti vacilaron durante unos segundos al contemplar semejante despliegue de poder.
Ozul se movía como si la selva fuera una extensión de su propio cuerpo. Desde la distancia, sus flechas encontraban siempre el punto exacto donde los enemigos bajaban la guardia. Más de un Yuan-ti cayó antes siquiera de comprender de dónde provenía el disparo.
Y entonces intervino Azaka. La guía desapareció entre la vegetación. Solo se escuchaban gritos. Uno tras otro.
Cuando volvió a hacerse visible, sostenía sus armas cubiertas de sangre reptiliana mientras el último de los Yuan-ti caía derrotado.
El combate terminó tan abruptamente como había comenzado.
Los aventureros permanecieron inmóviles, recuperando el aliento.
Pero algo seguía sin encajar.
El grueso del ejército no había participado en la batalla.
Mientras ellos luchaban, la inmensa columna principal de Yuan-ti y muertos vivientes continuó avanzando lentamente hacia el sureste de Chult, perdiéndose entre la vegetación como si aquella escaramuza jamás hubiera ocurrido.
El grupo permaneció observando en silencio. Aquello no era un simple ejército. Era una marcha, y quienquiera que estuviera guiándolos movía fuerzas mucho más grandes de lo que jamás habían imaginado.