La noche del 11 de Elesias encontró al grupo navegando lentamente por las oscuras aguas del río Soshenstar. Nadie hablaba demasiado. El enfrentamiento contra la inmensa horda de muertos vivientes todavía pesaba sobre sus mentes. El sonido constante del agua golpeando la madera de las balsas apenas lograba ocultar los rugidos lejanos de criaturas que se ocultaban entre la espesura. De vez en cuando, un par de ojos brillaban entre la vegetación antes de desaparecer nuevamente en la oscuridad. La jungla de Chult parecía observarlos, esperando el momento oportuno para volver a ponerlos a prueba.
Aquella noche el sueño volvió a repetirse. Todos despertaron sobresaltados. Frente a ellos se alzaba nuevamente la máscara dorada, suspendida en medio de una oscuridad infinita. Esta vez no permanecía inmóvil. Latía como si estuviera viva, absorbiendo lentamente la luz que la rodeaba mientras incontables almas eran arrastradas hacia ella, consumidas por un vacío eterno. Entre aquellos lamentos, una voz grave y antinatural resonó dentro de sus mentes.
"Regresen..." El eco parecía provenir de todas partes. "No sigan avanzando..."
La máscara giró lentamente hacia ellos. Sus cuencas vacías parecían atravesarlos. "Todo aquel que me busque... entregará su alma."
Uno tras otro, todos despertaron sobresaltados y cubiertos de sudor. Ninguno quiso hablar demasiado del sueño, pero todos comprendieron una inquietante verdad: aquello ya no era una simple pesadilla. La maldición sabía que ellos iban tras ella.
Tras casi un día completo de navegación, la vegetación comenzó a abrirse y apareció ante ellos una imponente empalizada de troncos reforzados. Grandes estacas protegían el perímetro mientras varias torres de vigilancia sobresalían por encima de la muralla. Más allá de ellas se alzaban decenas de tiendas militares, fogatas humeantes y estandartes desgastados por la lluvia tropical. Era el Campamento Venganza.
No poseía la majestuosidad de un castillo ni la belleza de una ciudad. Era una fortaleza levantada a fuerza de voluntad en medio del infierno verde de Chult. Sus murallas parecían desafiar a la selva, mientras el barro, las lluvias y la humedad intentaban devorarlo día tras día. Hombres y mujeres armados recorrían las pasarelas de madera con el rostro marcado por el cansancio, conscientes de que cualquier noche podía ser la última. El campamento había sido fundado por los pocos supervivientes de la caída del Campamento Justicia, quienes, tras escapar de la masacre provocada por los muertos vivientes, habían levantado aquella nueva posición defensiva para continuar la lucha contra la oscuridad.
Los guardias interceptaron inmediatamente al grupo. Tras un breve interrogatorio y comprobar el salvoconducto otorgado por Liara Portyr, les permitieron ingresar.
Muy pronto comprendieron que allí se libraba otra batalla. No era contra monstruos. Era contra la enfermedad.
Decenas de soldados permanecían postrados en improvisadas enfermerías. Algunos sufrían fiebres insoportables, otros apenas podían mantenerse conscientes. El aire estaba impregnado de hierbas medicinales, sudor y desesperanza. La jungla no solo mataba con dientes y garras; también lo hacía mediante insectos, infecciones y enfermedades que consumían lentamente a quienes se aventuraban demasiado lejos.
El comandante del campamento explicó que necesitaban ayuda desesperadamente. A cambio de alimento, refugio y un lugar seguro donde descansar, el grupo aceptó colaborar con los enfermos.
Para Badriel aquello nunca fue una negociación. Era simplemente lo correcto.
Durante toda la tarde recorrió las improvisadas enfermerías atendiendo soldados, cargando heridos y llevando agua a quienes apenas podían sostenerse con vida. Cada gesto recordaba el motivo por el cual había jurado servir a Tyr.
Fue precisamente allí donde el destino volvió a cruzar sus caminos con un viejo compañero. En una de las tiendas apareció Melshif. El antiguo bardo sonrió al reencontrarse con el grupo, aunque en su mirada ya no existía la misma tranquilidad de antes. Les explicó que continuaba siguiendo el rastro de Artheponas, responsable de la destrucción de su pueblo, y que cada pista lo alejaba más del camino que compartían.
Antes de despedirse, colocó sobre la mesa los Brazaletes de Arquería. "Necesito recursos para continuar mi búsqueda..." dijo con una leve sonrisa. "Pero ustedes les sacarán mucho mejor provecho que yo."
Brazaletes de Arquería: Bonificador para las tiradas de ataque con arco
El grupo aceptó ayudarlo económicamente. Aquella sería la última vez que volverían a ver a Melshif.
Los sanadores del campamento informaron entonces que existía una esperanza para los enfermos. A un día de viaje hacia el oeste, en una elevada cumbre rocosa, florecía una extraña planta medicinal de pétalos rosados. Muy pocos conocían su existencia, y aún menos lograban obtenerla, pues crecía en un lugar custodiado por peligrosas criaturas aladas.
Aquella noche, por primera vez desde que se internaron en la jungla, el grupo pudo disfrutar de un verdadero descanso. Bajo la protección del campamento recuperaron fuerzas, sanaron sus heridas y prepararon el viaje del día siguiente.
Al amanecer del 12 de Elesias emprendieron la marcha.
Tras una jornada completa atravesando barrancos, senderos cubiertos de musgo y enormes raíces, alcanzaron finalmente la cima de la montaña. Allí, iluminada por los rayos del sol que atravesaban las nubes, crecía la delicada flor rosada. Parecía imposible que algo tan hermoso pudiera sobrevivir en un lugar tan hostil. Pero no estaba sola.
Muy cerca descansaba un enorme nido de pterodáctilos. Las criaturas dormían con las alas plegadas, aunque bastaría el menor ruido para convertir aquella montaña en un campo de caza.
Todos permanecieron inmóviles.
Entonces Khol dio un paso al frente.
Respiró profundamente.
Y desapareció entre las rocas.
Cada movimiento era preciso. Cada apoyo parecía calculado con una elegancia casi felina. Avanzó entre las enormes criaturas evitando ramas secas, piedras sueltas y cualquier sonido que pudiera despertarlas. Durante unos eternos segundos nadie respiró.
Finalmente... sus dedos alcanzaron la flor.
La arrancó con extrema delicadeza y comenzó el regreso exactamente por el mismo camino. Cuando volvió junto al grupo sosteniendo la planta entre sus manos, nadie dijo una palabra.
Solo sonrieron. La misión había sido un éxito.
Aquella misma tarde, el 13 de Elesias, regresaron al Campamento Venganza. Los sanadores prepararon rápidamente el remedio utilizando la flor que el grupo había conseguido, mientras Badriel y Torik colaboraban atendiendo nuevamente a los enfermos.
Quizá aquella medicina no bastaría para salvar Chult. Pero sí bastaría para devolver la esperanza a quienes aún luchaban por sobrevivir dentro de aquellas murallas.
Y en una tierra donde la muerte avanzaba cada día...
la esperanza comenzaba a convertirse en el tesoro más valioso de todos.
La noche del 11 de Elesias encontró al grupo navegando lentamente por las oscuras aguas del río Soshenstar. Nadie hablaba demasiado. El enfrentamiento contra la inmensa horda de muertos vivientes todavía pesaba sobre sus mentes. El sonido constante del agua golpeando la madera de las balsas apenas lograba ocultar los rugidos lejanos de criaturas que se ocultaban entre la espesura. De vez en cuando, un par de ojos brillaban entre la vegetación antes de desaparecer nuevamente en la oscuridad. La jungla de Chult parecía observarlos, esperando el momento oportuno para volver a ponerlos a prueba.
Aquella noche el sueño volvió a repetirse. Todos despertaron sobresaltados. Frente a ellos se alzaba nuevamente la máscara dorada, suspendida en medio de una oscuridad infinita. Esta vez no permanecía inmóvil. Latía como si estuviera viva, absorbiendo lentamente la luz que la rodeaba mientras incontables almas eran arrastradas hacia ella, consumidas por un vacío eterno. Entre aquellos lamentos, una voz grave y antinatural resonó dentro de sus mentes.
"Regresen..." El eco parecía provenir de todas partes. "No sigan avanzando..."
La máscara giró lentamente hacia ellos. Sus cuencas vacías parecían atravesarlos.
"Todo aquel que me busque... entregará su alma."
Uno tras otro, todos despertaron sobresaltados y cubiertos de sudor. Ninguno quiso hablar demasiado del sueño, pero todos comprendieron una inquietante verdad: aquello ya no era una simple pesadilla. La maldición sabía que ellos iban tras ella.
Tras casi un día completo de navegación, la vegetación comenzó a abrirse y apareció ante ellos una imponente empalizada de troncos reforzados. Grandes estacas protegían el perímetro mientras varias torres de vigilancia sobresalían por encima de la muralla. Más allá de ellas se alzaban decenas de tiendas militares, fogatas humeantes y estandartes desgastados por la lluvia tropical. Era el Campamento Venganza.
No poseía la majestuosidad de un castillo ni la belleza de una ciudad. Era una fortaleza levantada a fuerza de voluntad en medio del infierno verde de Chult. Sus murallas parecían desafiar a la selva, mientras el barro, las lluvias y la humedad intentaban devorarlo día tras día. Hombres y mujeres armados recorrían las pasarelas de madera con el rostro marcado por el cansancio, conscientes de que cualquier noche podía ser la última. El campamento había sido fundado por los pocos supervivientes de la caída del Campamento Justicia, quienes, tras escapar de la masacre provocada por los muertos vivientes, habían levantado aquella nueva posición defensiva para continuar la lucha contra la oscuridad.
Los guardias interceptaron inmediatamente al grupo. Tras un breve interrogatorio y comprobar el salvoconducto otorgado por Liara Portyr, les permitieron ingresar.
Muy pronto comprendieron que allí se libraba otra batalla. No era contra monstruos. Era contra la enfermedad.
Decenas de soldados permanecían postrados en improvisadas enfermerías. Algunos sufrían fiebres insoportables, otros apenas podían mantenerse conscientes. El aire estaba impregnado de hierbas medicinales, sudor y desesperanza. La jungla no solo mataba con dientes y garras; también lo hacía mediante insectos, infecciones y enfermedades que consumían lentamente a quienes se aventuraban demasiado lejos.
El comandante del campamento explicó que necesitaban ayuda desesperadamente. A cambio de alimento, refugio y un lugar seguro donde descansar, el grupo aceptó colaborar con los enfermos.
Para Badriel aquello nunca fue una negociación. Era simplemente lo correcto.
Durante toda la tarde recorrió las improvisadas enfermerías atendiendo soldados, cargando heridos y llevando agua a quienes apenas podían sostenerse con vida. Cada gesto recordaba el motivo por el cual había jurado servir a Tyr.
Fue precisamente allí donde el destino volvió a cruzar sus caminos con un viejo compañero. En una de las tiendas apareció Melshif. El antiguo bardo sonrió al reencontrarse con el grupo, aunque en su mirada ya no existía la misma tranquilidad de antes. Les explicó que continuaba siguiendo el rastro de Artheponas, responsable de la destrucción de su pueblo, y que cada pista lo alejaba más del camino que compartían.
Antes de despedirse, colocó sobre la mesa los Brazaletes de Arquería.
"Necesito recursos para continuar mi búsqueda..." dijo con una leve sonrisa. "Pero ustedes les sacarán mucho mejor provecho que yo."
El grupo aceptó ayudarlo económicamente. Aquella sería la última vez que volverían a ver a Melshif.
Los sanadores del campamento informaron entonces que existía una esperanza para los enfermos. A un día de viaje hacia el oeste, en una elevada cumbre rocosa, florecía una extraña planta medicinal de pétalos rosados. Muy pocos conocían su existencia, y aún menos lograban obtenerla, pues crecía en un lugar custodiado por peligrosas criaturas aladas.
Aquella noche, por primera vez desde que se internaron en la jungla, el grupo pudo disfrutar de un verdadero descanso. Bajo la protección del campamento recuperaron fuerzas, sanaron sus heridas y prepararon el viaje del día siguiente.
Al amanecer del 12 de Elesias emprendieron la marcha.
Tras una jornada completa atravesando barrancos, senderos cubiertos de musgo y enormes raíces, alcanzaron finalmente la cima de la montaña. Allí, iluminada por los rayos del sol que atravesaban las nubes, crecía la delicada flor rosada. Parecía imposible que algo tan hermoso pudiera sobrevivir en un lugar tan hostil. Pero no estaba sola.
Muy cerca descansaba un enorme nido de pterodáctilos. Las criaturas dormían con las alas plegadas, aunque bastaría el menor ruido para convertir aquella montaña en un campo de caza.
Todos permanecieron inmóviles.
Entonces Khol dio un paso al frente.
Respiró profundamente.
Y desapareció entre las rocas.
Cada movimiento era preciso. Cada apoyo parecía calculado con una elegancia casi felina. Avanzó entre las enormes criaturas evitando ramas secas, piedras sueltas y cualquier sonido que pudiera despertarlas. Durante unos eternos segundos nadie respiró.
Finalmente... sus dedos alcanzaron la flor.
La arrancó con extrema delicadeza y comenzó el regreso exactamente por el mismo camino. Cuando volvió junto al grupo sosteniendo la planta entre sus manos, nadie dijo una palabra.
Solo sonrieron. La misión había sido un éxito.
Aquella misma tarde, el 13 de Elesias, regresaron al Campamento Venganza. Los sanadores prepararon rápidamente el remedio utilizando la flor que el grupo había conseguido, mientras Badriel y Torik colaboraban atendiendo nuevamente a los enfermos.
Quizá aquella medicina no bastaría para salvar Chult. Pero sí bastaría para devolver la esperanza a quienes aún luchaban por sobrevivir dentro de aquellas murallas.
Y en una tierra donde la muerte avanzaba cada día...
la esperanza comenzaba a convertirse en el tesoro más valioso de todos.